“El amor feliz no tiene historia. Solo el amor mortal es novelesco; es decir, el amor amenazado y condenado por la propia vida. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos, ni la paz fecunda de la pareja. Es menos el amor colmado que la pasión de amor. Con fuerza extraordinaria, con verdadero genio, Shakespeare a desarrollado el tema amor, pasión-muerte, por el cual el espíritu humano, se siente irremediablemente atraído. Éste define al amor como la síntesis de los contrarios:
“Pluma de plomo, humo resplandeciente, fuego helado, robustez enferma, sueño en perpetua vigilia, que no es lo que es”
El amor, pues, es paradójico, supera el orden de la razón; y, al estar esta ausente del sentimiento, que mueve a los adolescentes, y al verse debilitada al máximo su voluntad, quedan exonerados de toda responsabilidad; la pasión actúa en ellos, víctimas de sus efectos, iran por ella hasta la muerte.
Los griegos hablaron del amor como una enfermedad.
Un sentimiento moderado rebela amor profundo, en tanto en que si es excesivo, indica falta de sensatez. La miel, mas dulce empalaga por su mismo excesivo dulzor y al gustarla, embota el paladar. Ama, pues, con mesura, que así se conduce al verdadero amor”
Solo la luz de la luna en esa inmensa oscuridad ayudaba a que no perdiera la fe de que alguien me podría rescatar. La luna salía todos los días, ¿no?.. Entonces por que yo no podría liberarme del infierno en el que me encontraba.
La esperanza me mantenía viva, a pesar del terrible miedo que mi cuerpo sufría todos los días. Debía mantenerme siempre en estado de alerta; incluso cuando dormía. El mas leve murmullo de los grillos o el crepitar de las ramas me despertaba, con la adrenalina recorriendo mi cuerpo, esperando que alguien este parado al lado mío para darme la muerte que durante tanto tiempo me estuvo persiguiendo.
Pero no, nunca llegaba. Ellos me mantenían en un cuarto, encerrada. Apenas llegaba a mis labios el dulce alivio del agua, o un mohoso pan para saciar mi hambre.
Pero seguía en pie; era una superviviente, y no me rendiría fácilmente.
Marqué otra línea en el muro, al lado de las demás. Hacia más de 2 años que me encontraba en este lugar y todavía no perdía la esperanza de poder escapar. Hoy seria mi día. Escaparía de este purgatorio en el que me encontraba y al fin podría regresar a mi vida.
Mi querida nana, mis primos Teobaldo y Pedro. Mis queridos tíos. Volvería a ellos; eran la única familia que me quedaba.Mis padres, que en paz descansen, se encontraban enterrados en la cripta de mi familia Capuleto. Yo era la última de la línea. Mi nombre se había perdido a través de los años, pensando que la quema de mi casa me había matado a mí también. Sin embargo, había sobrevivido para terminar metida en este agujero de mierda. Pero como dije antes, escaparía. Si no, perdería mi alma en el intento.
La puerta se abrió, dejándome salir para la hora de los juegos. O así era como lo llamaban. Se podría decir que era como una especie de era de los gladiadores. Sin embargo yo era la única que estaba allí. Luchaba todos los días, con una mascara cubriendo mi rostro, para evitar que los comensales que admiraban la pelea me descubrieran. Una vez había dejado que la mascara cayera para que todos me vieran y me rescataran de este infierno. Pero antes de darme cuanta me encontraba tendida en el suelo con una bota oprimiendo mi espalda, y gritos desgarradores escuchándose. Los habían matado a todos. Eso me enseño a no dejar ver mi rostro.
Al pasar los años fui aprendiendo a como defenderme. Cuando me atraparon, justo antes de que los bomberos llegaran a rescatarme del incendio, antes de que me secuestraran, tenia apenas 13 años. Ahora, a los 16, sabia manejar la espada y los puños como cualquier peleador que pudiera existir. Todo consistía en la supervivencia; en la mia.
Me fui preparando para la pelea y mi escapada. Agarré la única arma que me proporcionaban; un pequeño cuchillo, para que pudiera defenderme. Mis ropas estaban hechas gironés alrededor de mi cuerpo, pero por lo menos cubrían lo que debían cubrir. Até mi cabello castaño miel en una coleta, evitando que los mechones más pequeños cayeran en mi rostro y me imposibilitaran defenderme. Se escuchaban los gritos de la muchedumbre y sus exclamaciones de alegría preparándose para la gran batalla.
Salí a la arena y la gente se volvió loca. No me interesó, yo solo tenia ojos para el hijo de puta que se encontraba en el medio del estadio.Tenia un mazo en una mano y un cuchillo en la otra, sin embargo, sus ojos no estaban en mi rostro; estaban escanendo a la multitud, a los guardias. “¿Por qué miraba a los guardias?” Comenzó a mover a mí alrededor. Analicé sus movimientos; eran lentos, las armas y su armadura (¿disfraz?) impedían que se pudiera mover de forma correcta. Mi velocidad me ayudaría a ganar. Se lanzó sobre mí, atacándome con la espada. Gire a la derecha, evitando el golpe. Me agache, barriendo mis piernas, y derribándolo con una patada. Sus armas cayeron al suelo, dejándolo indefenso, ante el filo de mi espada. No esperé mas, la gente se había quedado muda, viendo como un soldado de un metro ochenta de altura, pudo ser derribado por una “pequeña ovejita” de metro sesenta y cinco… tome sus armas y revise su cuerpo por si había mas escondidas en él. El hombre seguía en el suelo, viéndome con ojos desorbitados esperando a que haga mis movimientos y lo mátese. Sin embargo no pude. Algo en el me recordó a mi primo; sus ojos eran todo lo que veía, pero eran tan expresivos, esas orbes azules claros, que no pude hundir mi espada en su garganta. Sin embargo pude notar como sus labios se movían y me acerque para ver que decía.
Sus brazos me rodearon tirándome contra su cuerpo. Pensé que la muerte me había llegado pero no me lastimo, solo me mantuvo hasta que acercó sus labios a mi oído y escuché lo que estaba diciendo.
- Julieta…-
Julieta Girardi Capuleto; ese era mi nombre cuando me encontraba viva. Mire al extraño, preguntándome como sabía mi nombre, hasta que se levantó la mascara y pude ver su rostro completo. Oh por dios, era Teobaldo.
- Vamos, pequeña, escapemos de este lugar-
Lo único que pude hacer fue asentir. Yo planeaba escapar ya de por si, pero gracias a él tendría mas probabilidades de lograrlo. Agarró un pequeño objeto que tenía enganchado en la cintura de su pantalón. Me di cuenta que era un arma, esperando a ver la comprensión en mis ojos, me asintió y el ataque comenzó.
Teobaldo dirigió su arma hacia el primer guardia armado que vio, derribándolo. Yo tomé los cuchillos que el soltó cuando lo ataqué y los lance contra el próximo. Uno a uno los seis guardias que vigilaban la arena fueron cayendo. Corrimos hacia la salida más próxima. Una alarma comenzó a sonar, gritando nuestra huida por todo el lugar. Corrimos a través de los túneles, evitando todo callejón sin salida, o en los cuales las sombras de los guardias se iban acercando.
- Julieta- me gritó Teobaldo, extendiendo su mano hacia mí. Levante la vista y vi la clara luz del día iluminando la salida. Tomando la mano de mi primo, corrimos hacia la puerta, respirando al fin, el aire de libertad que tanto había añorado.