Cinco siglos igual ( Leon Gieco )
"Soledad sobre ruinas,
sangre en el trigo
rojo y amarillo,
manantial del veneno
escudo heridas,
cinco siglos igual.
Libertad sin galope,
banderas rotas
soberbia y mentiras,
medallas de oro y plata
contra esperanza,
cinco siglos igual.
En esta parte de la tierra
la historia se cayo,
como se caen las piedras
aun las que tocan el cielo.
O estan cerca del sol,
o estan cerca del sol.
Desamor desencuentro,
perdon y olvido
cuerpo con mineral,
pueblos trabajadores
infancias pobres,
cinco siglos igual.
Lealtad sobre tumbas,
piedra sagrada
Dios no alcanzo a llorar,
sueño largo del mal
hijos de nadie,
cinco siglos igual.
Muerte contra la vida,
gloria de un pueblo
desaparecido.
Es comienzo, es final
leyenda perdida,
cinco siglos igual.
En esta parte de la tierra
la historia se cayo
como se caen las piedras
aun las que tocan el cielo.
O estan cerca del sol,
o estan cerca del sol.
Es tinieblas con flores,
revoluciones
y aunque muchos no estan,
nunca nadie penso
besarte los pies,
cinco siglos igual."
Mi pueblo había sido masacrado por los dioses del mar. Ellos habían levantado la furia del fuego que destellaba de sus ramas mágicas de metal. Habia llovido sobre nosotros, esas bolas de furia que eran más rápidas que las gotas de la gran madre Tierra cuando nos la regalaba para salvar nuestras cosechas. Sin embargo, estas eran malas. Dañaban todo lo que se encontraba a su paso.
Los dioses, habían surgido del mar, montados sobre monumentales monstruos de madera, saliendo del fondo del océano. Allí, donde el sol se escondía para volver a surgir al día siguiente. Habían llegado con ideas en la cabeza, conocimientos que nosotros no teníamos. Llegaron con instrumentos mágicos, irreales. No nos entendíamos; su lengua era demasiado torcida, incomprensible. La nuestra provenía de la Tierra, La Luna, El Sol y El Mar. Éramos el inicio del Todo.
Como dioses, fueron alabados y como ello, temidos. Eran venerados, pero a la vez odiados por sus poderes. Le dábamos sacrificios, regalos. Ellos solos nos miraban. Sus narices se elevaban con sentimientos de altanería, que nosotros desconocíamos. Sus vistas se alejaban; despreciándonos, aborreciendo nuestra simplicidad, nuestro sentido de unidad y familia.
Nos deseaban. Deseaban nuestra forma de vida que teníamos. Tan simple. Aquella que ellos habían olvidado y que nunca iban a poder recuperar.
Y de repente, todo explotó. La maldad que exudaban por sus poros se liberó en una onda que cubrió todo de oscuridad .La Pachamama lloraba de tristeza y agonía presagiando nuestra destrucción. Los cielos se oscurecieron y las altas cumbres temblaron de terror.
Nos superaban en número, nos obligaron a arrodillarnos y a amarlos. Nunca lo hicimos. Jamás hincamos nuestras rodillas en el suelo en son de respeto. Nos dimos cuenta de que esos seres no eran dioses, sino demonios. Por eso nos mataron, por no obedecerlos. Solo en la tumba encontrábamos tranquilidad y libertad.
Cuando los dioses calmaron al infinito, la Tierra Santa gritó. Sus hijos habían muerto a mano de invasores, descendientes suyos que habían queridos ser dios. Sus avaricias causaron la muerte de los pueblos. Sus destrucciones. Nadie jamás escuchó los sollozos, ni se recuerdan de ese momento, en donde parte de nuestra historia se oscureció, muriendo, y se vio manchada con sangre.
martes, 8 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Anastasia
Anastasia es mi nombre. O, por lo menos lo era cuando estaba viva. Mi padre, proveniente de la dinastía Romanov, siempre buscaba mi seguridad. Me sobreprotegía, como a toda princesa, buscando que nunca llegue a ver la maldad del mundo. Me preparó para ser su heredera, su futura líder. Me preparó para afrontar la maldad del mundo, sin darme cuanta, de que dicha maldad eramos lo Romanov.
Crecí para ser reina; estudié, practiqué, dormí, viví para ello. Para ser la siguiente heredera de ese legado de maldad.
Seguía alejada del mundo y este alejado de mí. Era lo mas seguro. Yo no lo sabía. No lo quería lo suficiente, hasta que me di cuenta de la destrucción que podía causar.
Cuando llego ese día, todo se cubrió de rojo. La respiración agitada salía de mi boca, rasgándome la garganta. Yo corría, buscando algo. Se escuchaban gritos a la distancia, dolor. Sonidos desgarradores salían de la mismísima casa, como si llorara la muerte de sus hospedantes. Buscaba a mis padres. Las puertas se abrían tras mis débiles empujones de manos de 17 años de edad. Y cada habitación era lo mismo; rojo salpicaban las paredes, las sabanas, ventanas, los tapices y las alfombras. Los rugidos de los fusiles se escuchaban a la distancia y los llantos de mi hermano Alexis aun retumban en mis oídos. Mi querido Alexis no pudo sobrevivir esa noche. Los monstruos de la oscuridad que acechaban la casa Romanov le habían hecho daño, de la misma forma que me dañaron a mi.
Al final lograron encontrarme escondida en el enorme placar de roble de la habitación de mis padres. Intentaba contener los sollozos con mis manos pero de todas formas me escucharon. Me llevaron al salón, donde se encontraban todos los Romanov, o lo que quedaba de ellos. La sangre manchó mi vestido; sangre que escurría de los cuerpos de mis seres queridos. Los ojos de Alexis se fijaron en mí, a la distancia, sin mirar. Luego, apuntaron sus armas hacia mi cuerpo y yo morí……. O eso pensaron
Crecí para ser reina; estudié, practiqué, dormí, viví para ello. Para ser la siguiente heredera de ese legado de maldad.
Seguía alejada del mundo y este alejado de mí. Era lo mas seguro. Yo no lo sabía. No lo quería lo suficiente, hasta que me di cuenta de la destrucción que podía causar.
Cuando llego ese día, todo se cubrió de rojo. La respiración agitada salía de mi boca, rasgándome la garganta. Yo corría, buscando algo. Se escuchaban gritos a la distancia, dolor. Sonidos desgarradores salían de la mismísima casa, como si llorara la muerte de sus hospedantes. Buscaba a mis padres. Las puertas se abrían tras mis débiles empujones de manos de 17 años de edad. Y cada habitación era lo mismo; rojo salpicaban las paredes, las sabanas, ventanas, los tapices y las alfombras. Los rugidos de los fusiles se escuchaban a la distancia y los llantos de mi hermano Alexis aun retumban en mis oídos. Mi querido Alexis no pudo sobrevivir esa noche. Los monstruos de la oscuridad que acechaban la casa Romanov le habían hecho daño, de la misma forma que me dañaron a mi.
Al final lograron encontrarme escondida en el enorme placar de roble de la habitación de mis padres. Intentaba contener los sollozos con mis manos pero de todas formas me escucharon. Me llevaron al salón, donde se encontraban todos los Romanov, o lo que quedaba de ellos. La sangre manchó mi vestido; sangre que escurría de los cuerpos de mis seres queridos. Los ojos de Alexis se fijaron en mí, a la distancia, sin mirar. Luego, apuntaron sus armas hacia mi cuerpo y yo morí……. O eso pensaron
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Almas cruzadas
Me estaba muriendo y lo sabia. Simple dolor recorría mi cuerpo, llevando mi mente a una oscuridad consoladora. Pero casi estaba allí. Nunca podía llegar a ese momento de paz que me dejaría escapar de tanto sufrimiento. El olor a azufre invadía mis pulmones, me quemaban por dentro. Suaves llamas de fuego recorrían mi cuerpo sin llegar a quemarme.
Me habían secuestrado mientras estaba en el prado; alejándome de los que yo más amaba. Él, me había alejado de mi deber, cuando apareció de la nada, rodeado de fuego sobre un caballo negro, viniendo justo de las puertas del infierno. Me miro y sus ojos se cerraron en regocijo y puro reconocimiento. Me venia a buscar. Azotó la rienda de su semental y los dirigió en mi dirección. Jamás alejó sus ojos de mi rostro, paralizándome. Esos inmensos pozos de dolor me perseguían, me absorbían. Su cabello azabache se agitaba mientras el caballo galopeaba. Me sonrío y, en ese momento entendí que la distancia que nos separaba se había acortado a un suspiro. Y luego, me tomo entre sus brazos, y mientras mis gritos se mezclaban con sus carcajadas, me llevo a su reino de oscuridad. Hades me había secuestrado, y junto con él, me iba a ir directo al infierno
No se si pasaron horas, días, meses o simples segundos. No tenia noción de nada, solo mi cuerpo ardiendo en esa tortura caliente de la cual nunca podía escapar.
Sin embargo, misteriosamente, nunca llegaban a dañarme. Solo me llenaban de fuego, haciendo que mi sangre se sintiera como lava escurriendo por mis venas. Tenía hambre. El tiempo pasaba y mi organismo demandaba sus necesidades primarias. Me encontraba en un salón espacioso, lleno de sombras negras que se escurrían por doquier. Formaban siluetas siniestras y yo me estremecía por sus cercanías. De pronto las puertas de hierro que representaban la única salida de ese lugar, se abrieron, eliminando las sombras que me acechaban, dando paso al monstruo que me había secuestrado. Hades sonreía, eclipsando la poca luz que la luna podía emitir.
Me olvide de porque tenia que estar asustada. Solo existían sus ojos para mí. Aquellos ojos que me absorbían y encerraban en las profundidades de su alma. Se sentó en la silla principal, su trono, el cual se encontraba en la cabecera de la gran mesa. Sus ojos no se alejaban de mi rostro y los míos se desviaron evitando su mirada. Vi, por el rabillo del ojo, como sonreía. Chasqueando los dedos, las antorchas que adornaban la inmensa habitación se encendieron y la mesa se llenó de comida. El aire cambio espesándose. Se me hacia difícil respirar. Me quedé quieta; evitando moverme y seguir mis ansias. Lucifer me volvió a mirar.
- Come -me ordenó. Yo seguía quieta, evitando mirarlo, evitando siquiera respirar.
-Come. Siento tu hambre - me ordenó nuevamente. Chispas escurrían a su alrededor, haciendo tangible su fuerza. No quería moverme, estaba aterrada, pero no lo podía evitar. Tenía demasiada hambre. Alargué la mano, captando una suave manzana verde que se encontraba en un gran plato de oro.
Irónico. Blancanieves había muerto con un mordisco a una manzana y yo, aun muerta de miedo, había elegido ese aperitivo que fácilmente podía significar mi muerte.
Le di un bocado y pude ver por segunda vez en ese día, como se regocijaba de alegría
- ¿Qué haz hecho?- le pregunté. Aun así supe que era demasiado tarde. Yo me había absorbido. Nunca podría escapar, lo vi en sus ojos.
-No te preocupes, Persefone, nosotros…..-
Me desperté. Sudor perlaba mi frente y mi respiración se agitaba siguiendo los latidos desbocados de mi corazón. Miré el reloj de al lado de mi cama. ¿Qué había sido eso?. El sueño seguía en mi mente, atormentándome. Podía sentir el azufre de ese lúgubre lugar y como el fuego lamia mi piel. Aun lo recordaba. También, recordaba esa sonrisa de satisfacción que tenia en su cara segundos antes de despertarme. Como haciendo una promesa silenciosa. Una promesa de la cual, yo no quería enterarme
Me habían secuestrado mientras estaba en el prado; alejándome de los que yo más amaba. Él, me había alejado de mi deber, cuando apareció de la nada, rodeado de fuego sobre un caballo negro, viniendo justo de las puertas del infierno. Me miro y sus ojos se cerraron en regocijo y puro reconocimiento. Me venia a buscar. Azotó la rienda de su semental y los dirigió en mi dirección. Jamás alejó sus ojos de mi rostro, paralizándome. Esos inmensos pozos de dolor me perseguían, me absorbían. Su cabello azabache se agitaba mientras el caballo galopeaba. Me sonrío y, en ese momento entendí que la distancia que nos separaba se había acortado a un suspiro. Y luego, me tomo entre sus brazos, y mientras mis gritos se mezclaban con sus carcajadas, me llevo a su reino de oscuridad. Hades me había secuestrado, y junto con él, me iba a ir directo al infierno
No se si pasaron horas, días, meses o simples segundos. No tenia noción de nada, solo mi cuerpo ardiendo en esa tortura caliente de la cual nunca podía escapar.
Sin embargo, misteriosamente, nunca llegaban a dañarme. Solo me llenaban de fuego, haciendo que mi sangre se sintiera como lava escurriendo por mis venas. Tenía hambre. El tiempo pasaba y mi organismo demandaba sus necesidades primarias. Me encontraba en un salón espacioso, lleno de sombras negras que se escurrían por doquier. Formaban siluetas siniestras y yo me estremecía por sus cercanías. De pronto las puertas de hierro que representaban la única salida de ese lugar, se abrieron, eliminando las sombras que me acechaban, dando paso al monstruo que me había secuestrado. Hades sonreía, eclipsando la poca luz que la luna podía emitir.
Me olvide de porque tenia que estar asustada. Solo existían sus ojos para mí. Aquellos ojos que me absorbían y encerraban en las profundidades de su alma. Se sentó en la silla principal, su trono, el cual se encontraba en la cabecera de la gran mesa. Sus ojos no se alejaban de mi rostro y los míos se desviaron evitando su mirada. Vi, por el rabillo del ojo, como sonreía. Chasqueando los dedos, las antorchas que adornaban la inmensa habitación se encendieron y la mesa se llenó de comida. El aire cambio espesándose. Se me hacia difícil respirar. Me quedé quieta; evitando moverme y seguir mis ansias. Lucifer me volvió a mirar.
- Come -me ordenó. Yo seguía quieta, evitando mirarlo, evitando siquiera respirar.
-Come. Siento tu hambre - me ordenó nuevamente. Chispas escurrían a su alrededor, haciendo tangible su fuerza. No quería moverme, estaba aterrada, pero no lo podía evitar. Tenía demasiada hambre. Alargué la mano, captando una suave manzana verde que se encontraba en un gran plato de oro.
Irónico. Blancanieves había muerto con un mordisco a una manzana y yo, aun muerta de miedo, había elegido ese aperitivo que fácilmente podía significar mi muerte.
Le di un bocado y pude ver por segunda vez en ese día, como se regocijaba de alegría
- ¿Qué haz hecho?- le pregunté. Aun así supe que era demasiado tarde. Yo me había absorbido. Nunca podría escapar, lo vi en sus ojos.
-No te preocupes, Persefone, nosotros…..-
Me desperté. Sudor perlaba mi frente y mi respiración se agitaba siguiendo los latidos desbocados de mi corazón. Miré el reloj de al lado de mi cama. ¿Qué había sido eso?. El sueño seguía en mi mente, atormentándome. Podía sentir el azufre de ese lúgubre lugar y como el fuego lamia mi piel. Aun lo recordaba. También, recordaba esa sonrisa de satisfacción que tenia en su cara segundos antes de despertarme. Como haciendo una promesa silenciosa. Una promesa de la cual, yo no quería enterarme
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