Me estaba muriendo y lo sabia. Simple dolor recorría mi cuerpo, llevando mi mente a una oscuridad consoladora. Pero casi estaba allí. Nunca podía llegar a ese momento de paz que me dejaría escapar de tanto sufrimiento. El olor a azufre invadía mis pulmones, me quemaban por dentro. Suaves llamas de fuego recorrían mi cuerpo sin llegar a quemarme.
Me habían secuestrado mientras estaba en el prado; alejándome de los que yo más amaba. Él, me había alejado de mi deber, cuando apareció de la nada, rodeado de fuego sobre un caballo negro, viniendo justo de las puertas del infierno. Me miro y sus ojos se cerraron en regocijo y puro reconocimiento. Me venia a buscar. Azotó la rienda de su semental y los dirigió en mi dirección. Jamás alejó sus ojos de mi rostro, paralizándome. Esos inmensos pozos de dolor me perseguían, me absorbían. Su cabello azabache se agitaba mientras el caballo galopeaba. Me sonrío y, en ese momento entendí que la distancia que nos separaba se había acortado a un suspiro. Y luego, me tomo entre sus brazos, y mientras mis gritos se mezclaban con sus carcajadas, me llevo a su reino de oscuridad. Hades me había secuestrado, y junto con él, me iba a ir directo al infierno
No se si pasaron horas, días, meses o simples segundos. No tenia noción de nada, solo mi cuerpo ardiendo en esa tortura caliente de la cual nunca podía escapar.
Sin embargo, misteriosamente, nunca llegaban a dañarme. Solo me llenaban de fuego, haciendo que mi sangre se sintiera como lava escurriendo por mis venas. Tenía hambre. El tiempo pasaba y mi organismo demandaba sus necesidades primarias. Me encontraba en un salón espacioso, lleno de sombras negras que se escurrían por doquier. Formaban siluetas siniestras y yo me estremecía por sus cercanías. De pronto las puertas de hierro que representaban la única salida de ese lugar, se abrieron, eliminando las sombras que me acechaban, dando paso al monstruo que me había secuestrado. Hades sonreía, eclipsando la poca luz que la luna podía emitir.
Me olvide de porque tenia que estar asustada. Solo existían sus ojos para mí. Aquellos ojos que me absorbían y encerraban en las profundidades de su alma. Se sentó en la silla principal, su trono, el cual se encontraba en la cabecera de la gran mesa. Sus ojos no se alejaban de mi rostro y los míos se desviaron evitando su mirada. Vi, por el rabillo del ojo, como sonreía. Chasqueando los dedos, las antorchas que adornaban la inmensa habitación se encendieron y la mesa se llenó de comida. El aire cambio espesándose. Se me hacia difícil respirar. Me quedé quieta; evitando moverme y seguir mis ansias. Lucifer me volvió a mirar.
- Come -me ordenó. Yo seguía quieta, evitando mirarlo, evitando siquiera respirar.
-Come. Siento tu hambre - me ordenó nuevamente. Chispas escurrían a su alrededor, haciendo tangible su fuerza. No quería moverme, estaba aterrada, pero no lo podía evitar. Tenía demasiada hambre. Alargué la mano, captando una suave manzana verde que se encontraba en un gran plato de oro.
Irónico. Blancanieves había muerto con un mordisco a una manzana y yo, aun muerta de miedo, había elegido ese aperitivo que fácilmente podía significar mi muerte.
Le di un bocado y pude ver por segunda vez en ese día, como se regocijaba de alegría
- ¿Qué haz hecho?- le pregunté. Aun así supe que era demasiado tarde. Yo me había absorbido. Nunca podría escapar, lo vi en sus ojos.
-No te preocupes, Persefone, nosotros…..-
Me desperté. Sudor perlaba mi frente y mi respiración se agitaba siguiendo los latidos desbocados de mi corazón. Miré el reloj de al lado de mi cama. ¿Qué había sido eso?. El sueño seguía en mi mente, atormentándome. Podía sentir el azufre de ese lúgubre lugar y como el fuego lamia mi piel. Aun lo recordaba. También, recordaba esa sonrisa de satisfacción que tenia en su cara segundos antes de despertarme. Como haciendo una promesa silenciosa. Una promesa de la cual, yo no quería enterarme