8 años atrás
“No otra ves. Por favor”... pero por mas que me lo repetía una y otra ves no dejaba de ocurrir ese horrible tormento. Ahora mi cuerpo se veía acompañado de una soledad inmensa que se había convertido en mi fiel amiga y compañera.
Pero, ese día sobre todo, fue el fin de mi existencia.
Cada domingo visitábamos a nuestra familia en Misiones. Nada especial solo una simple reunión familiar. Éramos, lo que se podía llamar, una familia muy unida. Nos amábamos y siempre contábamos los unos con los otros.
El único problema era yo. Siempre me sentía excluida y fuera de lugar. Jamás llegue a integrarme como mi pequeña hermana, la cual todos amaban y querían como a su propia hija.
Yo simplemente era la oveja negra de la familia. ¿Deprimente no? Pero no le podía hacer nada, solo satisfacerme con la idea que no me importaba. Que mentira más grande.
De todas formas, volviendo al momento del viaje y en el que mi vida cambió, todo era felicidad, rosa, caramelos. Ya saben a lo que me refiero.
Pero de la nada todo cambio. Los hechos y recuerdos todavía siguen algo borroso pero me acuerdo como si fuera ayer el baño de sangre y como esta cubría todo el alrededor. Tanto que parecía que la tierra lloraba rojo.
Lamentablemente, sobreviví a mi muerte.