domingo, 4 de marzo de 2012

Pesadilla

Recuerdo el momento en el que exactamente supe que algo malo pasaba. Mis vacaciones habían comenzado y junto con ellas, los viajes en familia a la costa. La casa de alquiler se encontraba aislada, escondida en la profundidad de un bosque de árboles dormidos por el inminente invierno que nos acechaba. Los suelos de madera crujían ante la menor presión realizada en ellos. Las puertas chirriaban al igual que las ventanas envejecidas por el paso del tiempo. La casa en si fue la causante de la primer pesadilla que tuve el día que llegué. El deje gótico, mas el escalofriante silencio que salía de cada una de sus puertas, eran suficiente para mantenerme despierta durante horas, hasta que las primeras luces del amanecer salían y, al iluminarse mi alrededor, las sombras fantasmales que me perseguían por la noche desaparecían permitiéndome al fin, descansar en paz y tranquilidad. Eso pensarían ustedes, pero de todas formas, seguía soñando pesadillas; niños gritando, marea negra y roja cubriendo mi alrededor, rostros que en si no significaban nada, pero unidos, eran las peores imágenes que podría soportar.
Y todo ello, en una sola noche, la primera.
Cuando me desperté luego de esa interminable maratón de terror, obvie los sentimientos de miedo que sentía. Intenté analizar los hechos de mi sueño, pero me di cuenta de que no recordaba nada. Persistía en mí ese pánico incontrolable de la pesadilla, pero no sabia el qué había causado ello. No recordaba nada, absolutamente nada.
Decidí continuar con mi día, olvidarme del sueño, pero a medida que se acercaba la noche, la ansiedad y el miedo me cubrían. No quería dormir, no quería acercarme a ese enorme lecho en el que yacería y volvería a perderme en mi pesadilla. Mi madre me vio; le conté que no podía dormir, y me dio una pastilla que ella solía tomar cuando tenía problemas para hacerlo. Le agradecí, presintiendo que al fin tendría una noche de paz.
Me encaminé a la habitación, mi hermana menor siguiéndome, arrastrando su pequeño peluche, frotándose los ojos del cansancio. Solo tenía 8, pero yo quería que siguiera siendo mi bebé. La coloqué en su cama y, como todas las noches, la cobijé, arrullándola y dándole un beso en la frente. Sus ojos se cerraron inmediatamente.
Miré mi cama, ceñuda, intentando de quitarme de encima el horrible presentimiento de que algo pasaría. Recostando mi cabeza en la almohada, fui sintiendo como el medicamento comenzaba a surtir efecto. Y, al mismo tiempo que me daba cuenta de ello, comenzó la sensación de pánico incontrolable que hacia que mi cuerpo temblara. Ahí fue cuando me di cuenta de que una vez que cerrara los ojos nunca mas los volvería a abrir. Ese sería mi final.

La pesadilla comenzó como una historia en blanco y negro, aquella de la que al principio piensas que realmente estas despierto pero a medida que se va desarrollando sabes que es un sueño, pero por mas que quieras nunca te puedes levantar.
Al principio, todo era tranquilidad, únicamente se escuchaba el susurro del viento que provenía de las ventanas abiertas de la habitación, luego comenzaron los pequeños susurros, provenientes de una esquina del cuarto; aquella esquina, en donde ni siquiera los rayos mas intrépidos de la luna se atrevían a explorar.
Mis ojos se enfocaron en aquellas sombras, en donde únicamente puede distinguir una silueta oscura, abrazándose, en posición fetal. A medida que me levantaba de la cama, las piernas me empezaron a flaquear. Sabia que debía alejarme de esa esquina, pero no podía, por mas que mi cerebro le diera las órdenes a mi cuerpo, mis piernas seguían moviéndose en dirección a esa masa que chillaba, gimoteaba y gritaba; todo en un mismo sonido. Me fui acercando cada vez mas y mas, mi corazón retumbaba en mis oídos, la sangre comenzaba a desaparecer de mi rostro a medida que lograba ver con mayor claridad qué era lo que se encontraba escondido en ese lugar.
Cuando termine de cruzar toda la habitación, sorteando la pequeña cama de mi hermana, extendí el brazo, intentando palpar algo. Agudicé los oídos cuando caí en la cuenta que la criatura que estaba escondida, dejaba de emitir esos sonidos. De repente una mano esquelética, pequeña, y al rojo vivo, agarró mi muñeca atrapándome en un agarre mortal. Un grito de puro terror escapó de mis labios. Comencé a forcejar para alejarme, pero la mano iba ganando mas y mas terreno a través de mi brazo; al principio comenzó sujetándome de los dedos, luego del codo, dirigiéndose a mi hombro. Fui tirando hacia tras, queriéndome alejar, pero a medida que me alejaba la criatura iba abriéndose camino, todavía aferrada a mi cuerpo, arrastrándose por el piso. La mano sangrienta quedo mas a la vista, revelando a su vez un brazo roto, lleno de quemaduras, unos hombros escuálidos, y una cabeza calva. Cuando miró para arriba, sus ojos se encontraron conmigo. Pestañee, confundida ante la imagen que se me presentaba. Esa pequeña cosa que no me soltaba era yo. Las magulladuras y la piel despellejada habían desaparecido, dejando paso a una mini yo, a la edad de los 9 años. Seguía aferrada a mi cuerpo, arrastrándose aun mas, hasta lograr que sus manos rodearan mi cuello. Irguió su cabeza, acercando su boca a mi oído

- Corre – me dijo, un grito escalofriante salio de su-mi boca..

Me levanté sobresaltada de la cama, únicamente escuchando los sonidos de mi corazón acelerado. ¿Qué había sido eso?. Me toqué la cabeza intentando aliviar de esa forma el fuerte dolor que sentía. Cuando baje la mano me di cuenta de que algo andaba mal. Tenia rajuños por toda ella, y algunas uñas ya no estaban mas en su lugar. Sin embargo no me dolía, solamente me molestaba como una sensación de picazón que no me podía sacar de encima. Un hormigueó se extendió por mi cuerpo. En eso me fijé, en la cama de al lado. Mi hermana se levantó lentamente, simplemente sentándose en la cama, como cuando estaba sonámbula. Nuestras camas estaban enfrentadas, por eso pude notar los leves movimientos de cabeza que hacia; girándola primero para la derecha y luego para la izquierda, sin embargo era casi imperceptibles. Sus labios se movían, emitiendo palabras sin sentido, sin significado alguno. No lograba verle los ojos, y tampoco estaba muy segura de si quería hacerlo. Vi, de repente como su cabeza se tiraba para atrás, sus ojos enfocando al techo, lanzando una sonrisa estridente. Una tras otra las sonrisas continuaron, pero a medida que comenzaba a bajar la cabeza las sonrisas se volvían gritos; profundos y roncos, como si todos los presos del infierno se hubiesen concentrado en ella y lanza sus suplicas de salvación.
Sus ojos se enfocaron en mi rostro; eran rojos, como si todas las venas que poseían hubiesen explotado, lanzando toda su sangre en ellos. Sus labios se volvieron a mover y en ese momento entendí lo que querían decir.

- Ayúdame-

Salté de la cama dirigiéndome en su dirección, pero a mitad del camino me detuve. Su rostro comenzó a desfigurarse, adquiriendo una mueca oscura y una risita se dibujo en sus labios. Su cabeza giró en un grado antinatural, hacia atrás. Su cuerpo se dobló sobre la cama, quedando en cuatro patas. Se tiró al piso y comenzó a caminar en mi dirección. Salté hacia atrás, intentando poner distancia entre nosotras. La risa histérica la llenó comenzando a chasquear los dientes en mi dirección. Caí hacia atrás, golpeándome la cabeza contra el filo de mi cama.
Lo último que recuerdo, es como la pequeña cara de mi hermana se colocaba frente a la mía, y cuando la inconciencia me llegó, oír el profundo sonido de carne siendo desgarrada. Allí fue cuando mi dolor comenzó, y termino únicamente cuando todos los huesos de mi cuerpo fueron rotos, las piel arrancada y mi carne masticada por esa cosa que era mi pequeña. Mis ojos, uñas, pelo; casi todas las partes de mi cuerpo fueron arrancadas, escuchando únicamente la sonrisa desquiciada de la criatura, mofándose de mi dolor y de mi entupida pesadilla, de la cual nunca lograría despertar.