miércoles, 18 de julio de 2012

La Muerte

La muerte se froto las manos, regocijándose ante la vida que estaba por tomar. Se acerco al camastro, con el rostro encapuchado y su fiel hoz brillando de alegría. Los gritos de las almas antiguas y perpetuas compañeras que se había llevado, aun resonaban en sus oídos; era la canción de cuna que le permitía dormir. El ser que se encontraba a sus pies reposaba en un suave lecho blanco rodeado de inmaculada negrura, su pecho subía y bajaba en suaves respiraciones marcando el principio de un sueño. Una mano blanca y arrugada se escapaba por debajo de las sabanas sostenida por el calor vital de otro ser; mas pequeño, mas cansado y mas arrasado por el dolor que el del humano que la Muerte se estaba por llevar. Su cabeza estaba apoyada sobre la cama, su cuerpo en una postura rígida, apenas respirando para no molestar al que pronto llegaría a su fin. La Muerte cabeceó, estiró una mano huesuda y afilada, levantando la hoz sobre su cabeza listo para arrancar las últimas gotas de vida. Su espada se congeló y a pesar de la presión ejercida sobre ella no cedió; se mantenía sobre su cabeza no descansando en el corazón del humano. Una sinfonía de oraciones llego a su mente; la imagen de una niña arrodillada pidiendo por el humano lo devoró. Mientras la niña repetía “No te la lleves, no es su hora todavía, por favor” la hoz se reuso a atacar. La Muerte frunció el seño mirando a su compañera, y mientras hacia un leve asentimiento con la cabeza encapuchada giró, adentrándose en Su oscuridad, lanzando una promesa de que la vida que había venido a buscar pronto seria suya. Solo faltaba esperar.