La historia de mi vida era él. Nací, crecí, viví para amarle. Me enseñaron a hacerlo, porque mi destino, desgraciadamente, estaba unido al suyo. No luché contra lo nuestro, pero no lo acepté, convenciéndome de que el amor nunca aparecería por mi puerta. Y, por mas que me golpearan con este y me dijera “Estúpida, acá estoy” lo ignoraría como siempre lo había hecho y como siempre lo haré. Pero era inevitable. Algún día llegaría a ocurrirme y el perfecto mundo que había creado se desmoronaría ante mis propios ojos. Y que horrible y dulce era. Se mezclaban en una perfecta armonía del veneno mas amargo y un placer que ni el mejor literario hubiera podido describir. Me desmoroné ante él y lo acepté. Siempre miradas furtivas, peleas, palabras; todo eran seguidas por esa dulce agonía. Pero, inevitablemente se había convertido en adicción. Y ¿quien lo hubiera dicho? La remilgada e indomable se había convertido en un perrito por
la prueba de su sabor.¿Que pasaría si hubiera mas…?
Ya no había posibilidades de olvidar, de volver a tras en el tiempo y arreglar este estúpido error. Pues era imposible. Mi alma había sucumbido a su belleza y antes de que me diera cuenta, mi corazón y cuerpo ya tenían dueño.