martes, 13 de septiembre de 2011

Amelia Capítulo 3

Fría, la pared estaba fría. El cuerpo de ese bastardo estaba aprisionándome sin dejar un sector expuesto a la calida luz del sol. Y qué cuerpo. Cuando lo vi me hice la desinteresada evitando la vergüenza que sentía al estar ante él desnuda. Hombros amplios, pectorales, abdominales, y bíceps marcados y moldeados por las peleas, no por esas estúpidas máquinas que te sacan músculos. “Sin sentido”.

- Que piel brillante, ¿cómo se sentirá? - estiró la mano. Con delicadeza, como tocando un juego de porcelana, movió ligeramente los dedos por mi cuello, rozando las venas y los lunares a su paso.

- Crema blanca - susurró con voz entrecortada y ronca. ¿Cómo podía hacer eso?. ¿Tocarme después de que le había dado uno beso a su novia? ¿Teniendo novia?

- Mejor que la de tu novia, ¿no? – “¿Celos?, ¿yo? Ni ahí.”

Pestañó, como intentando recordar. Enfermo, no se acordaba de su propia mujer. Me separé de él, empujándolo con fuerza.

- Héchate - le ordené. Inmediatamente se arrodilló y me miró. – ¿Quién crees que eres como para hacerla infiel? No me tocarás, no lo permitiré. No fui y no voy a ser segunda de nadie.-

- Se confunde, yo no estoy con ella - replicó - La veo a veces pero no oficializamos nada. Sólo permítame tocarla más.-

- ¡No! - fue una orden explícita. No lograría romperla y no lo haría.

Dios, ¿por qué me dolía tanto esta soledad?, ¿por qué quería que él me tocara y me diera su calor? “Estúpida” me dije “borra eso de tu mente”. Terminando de colocarme la ropa, me aleje de él y dándole la espalda le escuché decir:

- No me importas tanto como para dejarla-

Seguí caminando, aguantando las ganas de ir y gritarle a la cara. Molerlo a golpes y dejarlo tirado en el piso. Y bien merecido lo tenía. Pero no lo haría, no me rebajaría a ello.

Gimnasia pasó rápido y tranquilo. Me lucí, realmente me agradaban los deportes y soy buena en todos ellos. Básquet, handball, voley, tenis, es algo que me inspira, relaja y desestresa cuestión de que servía a la perfección. La novia de Marco, al contrario era una sufrida. Linda, pero sufrida. Se creía la reina del colegio y jamás movía una uña de manicura para hacer algo para ello. ¿Qué le veía?

Digo, no era la gran cosa, no como yo. Rubia teñida, ropa ceñida al cuerpo, demasiado maquillaje, nada natural.

- ¿Por qué la miras como si estuvieras analizando el modo de matarla?- Salté de mi lugar. Esa chica… un día iba a matarme. Lucía, la que no miraba, la inadaptada social, era ahora mi amiga. - Que furia hay en tus ojos contra Lenia -

- No es furia – le dije “Son celos” Alto… ¿de dónde había venido ese pensamiento? “No, no era mio” pensé. Desechándolos con un movimiento de mi mano miré a Luci. - No me interesa ¡Y no la miro! - a lo lejos se escuchó un “okey”.

Cuando llegó mi momento de batear (si, genios, estamos en beisball) me posicioné a la perfección. Sólo que desde las bancas me gritaban y alguien se posicionó detrás de mí para “ayudarme”. Ehhh.. ¿Perdón?

- Así - me dijo, dejando salir un suspiro entrecortado en mi oído mientras se apoyaba contra mi cuerpo. “Maldito bastardo”. Leandro no dejaba pasar ninguna para acercarse a mí y aprovecharse. Yo le enseñaría.

Retiré el palo para adelante y lo balanceé hacia atrás, directo a su cabeza. Pero antes de que el palo impactara contra su objetivo, Leandro fue retirado y despegado de mi cuerpo enviado por los aires hasta la reja. Marco lo aprisionaba allí. Ya no había nada humano en él.

- Vuelve a tocarla y te corto la mano - le murmuró con los dientes apretados. Mierda, una vez que se hacía una amenaza por parte de un caballero siempre se cumplía.

- Alto - le ordené. Pero no me hacia caso. Oh no, estaba más allá de si mismo. Sus ojos, esos ojos negros comenzaban a teñirse de rojo. “Para” le dije mentalmente, pero no me hizo caso.

Despacio, caminé hasta donde él estaba. Leandro estaba azul; los ojos abiertos permitiéndosele ver toda la parte blanca alrededor de la pupila, levantado a 20cm del suelo por una mano de Marco sujetándolo del cuello.

- Tranquilo - le susurré, acariciándole los brazos suavemente creando una pequeña fricción – todo estará bien – Sus músculos de los brazos tensados a morir iban relajándose de apoco. – No me tocó, sólo se acercó. No pasó nada. Vamos Marco sólo suéltalo.-

- Pero te tocó. Te respiró en el oído, ha inhalado tu aroma. No lo quiero en su cuerpo.- casi rugió las palabras tensándose de nuevo.

- No, no lo ha hecho. Sólo suéltalo y hablemos – aceptando mis palabras con las cuales había utilizado el tono más suave que tenía pero jamás había dicho por favor. No me rebajaría a hacerlo ni por la vida de alguien.

Lo mantuvo unos minutos más, luego lo dejó. Arrojándolo en el camino al piso, luego me miró. Su mirada ya no mostraba furia, sino determinación. Salió volando a por mí, me agarró de las piernas y colocándome sobre sus hombros, me cargó hacia la escuela. Al baño otra vez.

No, no, no, no “sisisisisis”, mi cuerpo traicionero a mi mente permitió que me arrastrara hacia la pared. Allí me miró a los ojos con descaro ansiándome. “Imbécil”, antes de que pudiera reaccionar ya estaba sobre mi boca. Su sabor era decadente. Sabía a lluvia madera y hogar. Nada se asemejaba a ello. Rugió, realmente lo hizo.

Sólo sus manos fueron dulces colocadas en mi pelo y en mi nuca. Su boca asaltaba la mía sin darle descanso, para luego deslizarse por mi mejilla hacia mi oreja. Allí inspiró mi olor dilatándose las aletas de su nariz. Susurró una incoherencia y suspiró enviando un escalofrío por mi columna. Una ola de furia invadió mi cuerpo. ¿Qué estaba haciendo? Dejándome tocar por un guardián después de lo ocurrido con Lucas. No, esto no era igual pero no lo haría. No lo permitiría.

- Ah, mira a quienes tenemos aquí - Miré a la puerta, la estúpida de Lenia estaba parada, apoyada contra el marco de la puerta y todos los hombres del grado detrás de ella…