8 años más tarde. En la actualidad
Lánguidamente me levante de mi asiento en la camioneta. Hoy era miércoles. Creo. Así que me tocaba natación. El sueño que había tenido anteriormente me había destrozado los nervios y una gota de sudor frío bajaba por mi espalda.
Luego de la muerte de mis padres y hermana, me tuve que enfrentar a la mirada acusadora de mis familiares. Con ocho años de edad no se puede decir que no hice nada para defenderme. No era muy conciente de todo lo que hacía en ese entonces. Odiaba esos días, todos hablaban con pena de mi y de mi familia, se afligían por ellos y agradecían que yo siguiera viva. Pero yo sabía algo que ellos intentaban ocultar. Ese sentimiento de odio que sentían hacia mí por haber sobrevivido; por haber sido yo la que logró escapar y haber vivido luego del dichoso accidente.
Lo peor es que no había sido mi culpa. Un loco que iba en motocicleta me había sacado de allí antes de que me muriera y me había llevado a un hospital.
Pero eso no les importaba, yo era la que había sobrevivido y eso era todo lo que reconocían.
Me enviaron a vivir con mis tíos. Si, ellos que amaban más a mi hermana que a mí. Me obligaron a meterme en su vida y adaptarme a la perdida. Rellenaron de actividades mis tiempos libres para que no pudiera ni pensar en lo que sentía y me alejaron de todo tipo de recuerdo.
Así, recuerdo que la chica dulce que era se convirtió en la despiadada que soy ahora. Me llamo Camil y mi vida apesta.
Tengo 16, se podría decir que buen cuerpo aunque no le presto demasiada atención. Soy morocha de ojos claros. La ultima ves que me fije eran de un turquesa, violáceo pero, no se. Hasta el accidente, mis ojos era color avellana, pero al despertar se volvieron turquesas. Era de lo más extraño, según me dijeron. Pero, nadie sabe que lo mas extraño que me sucedió, es que aparecí con un tatuaje en la palma, que se extiende, cubriéndome como un guante hacia todo la mano. El tatuaje es una especie de cruz de ocho puntos, con cadenas alrededor subiendo hasta la muñeca y una corona de espinas justo ahí, rodeándomela. Nadie, jamás lo vio. Es el único secreto que me queda, y pretendo que se mantenga así. Por eso desde ese día llevo un guante de cuero que lo cubre, y jamás me lo he sacado.
Como decía estoy en el micro que me llevaría a natación. Los chicos ya de por si me miraban con cara rara pero como que no podía hacer nada para evitarle ni me importaba. Mi humor sufría grandes cambios y por ahora me encontraba en el peor de todos.
Los rumores de que mi vida apestaba se fueron esparciendo por todos los lados que iban, y al final, terminaron llenado mí alrededor.
La gente evitaba acercarse a mí y todos me cargaban. Por lo general no me importaba pero como dije antes, dependía siempre de mi humor.
Hoy era de esos días en los que le convendrían no meterse conmigo. Pero como siempre el destino no hacia lo que yo quería.
De la nada sentí como un golpe me daba en el medio de la cabeza.
- Ey tarada…- me gritó Fernando, uno de mis odiosos compañeros de natación – dejá de estar lamentándote por tu pasado y escuchame. O anda a llorar con tus viejos. ¡Oh perdón, cierto que no tenes!-
Esa broma llevo a exclamaciones ahogadas de risa y comentarios, haciendo que mi estado de humor se fuera al carajo.
Me levante del asiento sin siquiera mirarlos. Abrí la puerta del coche y me dispuse a saltar por ella. Mi profesor viendo lo que intentaba hacer frenó.
- ¿¡Que haces!? Lo que me faltaba otro ataque de ira tuyo.-
En la calle me detuve pensando que iba a hacer e intentando de ahogar con mis pensamientos los gritos de enojo de mi profesor y compañeros. Tome mi celular y llame al número de siempre.
- José, soy yo. Necesito transporte – ni siquiera escuche la respuesta. El rugido de una moto lo ahogó.
Levanté la vista y lo veo mirándome a través de los lentes de sol negros. Siempre pensé que se vestía exageradamente bien pero, si a el le gusta estar siempre a la moda, su problema no mío.
Levaba una cazadora de cuero por más que hiciera 34º de calor. Eso sí su remara desaparecía en los días de sol abrazador dejando nada mas a la vista que unos pectorales de muerte. Su pelo castaño era iluminado por el sol y desprendía tonos de dorado a su paso.
Como deben suponer el es José y también es el loco que me salvo de mi muerte ocho años atrás. Y desde entonces se convirtió en mi hermano del alma.
“Vamos pequeña, mantén esos hermosos ojos abiertos para mi, ¿si?”
- Sube- su vos ronca era lo mejor de él. Tenía una mezcla de pasión y peligro en su tono. Aunque el peligro ya venia expresado en su metro ochenta de altura. Realmente impresionante.
- ¿Los golpeo ?- me preguntó tentándome con una risa de costado
Aparcó la moto a escasos metros de mi casa, “la de mis tíos”. Con que así terminaba otro día de mi existencia ¿eh?. Patético.. José se volteo todavía sentado en la moto y me subió a ahorcadas sobre sus rodillas.
Todavía sigo pensando cuando fue la primera vez que me enamore de él. Podría jurar que el sentía lo mismo. Incluso en el momento en el que yo me puse a pensar sobre la muerte, él había acercado su rostro a mi cuello e inhalaba suavemente mi olor. “Jazmín, siempre hueles a jazmines pequeña Camil” Solía susurrarme esas palabras cada ves que lloraba por mi familia.
Su rostro se levanto suavemente, como adivinando hacia donde se dirigían mis pensamientos y lo mal que me hacían.
Mis ojos se conectaron con los suyos y el leve susurro de su aliento me acariciaba los labios produciendo infinitas sensaciones en mis terminaciones nerviosas.
- ¿Cuando me llevaras? – le pregunté, ya estaba cansada de que se me resistiera, y me picaban los ojos de lágrima por su rechazo.
- Cuando no seas tan perjudicial para la salud de los demás… Y para la mía – eso último lo susurró por lo bajo, y sin mas se fue.