lunes, 5 de septiembre de 2011

Camil Capítulo 4: El Hueco

Me calcé unas botas de vaquero hasta la rodilla, un short de jean desteñido, demasiado corto; que no dejara lugar a la imaginación, y una linda remera negra, cortada hasta la cintura. El aro en mi ombligo brilla y destilaba color como un millón de diamantes. “Hoy no se me podrá negar”. Con el guante listo en su lugar, caminé hacia la puerta de la habitación y la abrí para irme.

Justo cuando la abrí. En el marco de la puerta, se encontraba JC. Me miró de arriba abajo. Una torpe sonrisa, con un intento de ser sexy, se dibujo en su rostro.

- Linda ropa prima- me dijo

- Feo rostro primo – le contesté, mordazmente.- ahora, aléjate de mi antes de que te pegue donde mas te duele-

- Me parece que no. No creo que mi madre te deje salir, y menos con esas ropas. Aunque yo diría que no te quedan nada mal.-

-Vete. No se si no te acuerdas pero somos primos- le conteste con cara de indiferencia mientras se acercaba a mi.

- Si se te olvidaba, soy adoptado. Así que técnicamente, puedo hacer lo que quiera contigo-

- Si se te olvida, eres un asco…- aunque eso sería mentir. Sus pelos alabastros y sus ojos azules hacían que muchas mujeres caigan a sus pies- ..y si no te vas le diré a la tía sobre el tatuaje que te hiciste en el tobillo sin su permiso – le contesté con una sonrisita.

Su cara de felicidad, decayó un momento. Pero luego se reincorporó.

- Lo siento no se de que me hablas. Ahora si me permites, me voy. Nos veremos la próxima, Camil-

Y diciendo eso se fue. Era de esperarse de él ya que nunca admitía la derrota y antes de hacer cualquier cosa analizaba concientemente la situación.

Lo que si, era raro el hecho de que él negara tener un tatuaje. Yo misma se lo vi, la noche que se lo hizo.

Estaba realmente ojeroso y tenía una cara de sufrimiento extremo. Paso por al lado mío sin decir palabra alguna, y se escabulló a su cuarto.

Eso había sido una noche realmente extraña. Lo primero que había pensando era que estaba tomado, o incluso drogado. Pero no parecía ser así. Era bastante conciente de lo que hacia.

Pensando en lo que había dicho me metí en mi cuarto. Lo más probable era que me cruzara con alguien más en el camino hacia la puerta.

Levanté la ventana de mi habitación que daba hacia la calle. Justo al lado de ésta se encontraba un enorme árbol de magnolias, que había sido partícipe de todos mis escapes para encontrarme con José en la noche. Hoy sería mi amigo una vez más.

Salté a la ventana, y de allí al árbol. Descendí por este y cuando logré tocar el césped, salí disparada calle arriba.

El Hueco quedaba a tres manzanas de “mi” casa, así que no me haría nada caminar. Lo bueno es que ya no había gente en la calle. Era principios de marzo y las clases estaban a tres días de su inicio. La gente solía acostarse temprano para madrugar al otro día y comprar todo lo que necesitaban.

Al llegar a la puerta del Hueco, la música retumbaba y rezaba una canción de los ACDC.

- Identificación- me dijo el gorila. Lo miré mejor y vi una sonrisa petulante en su rostro. En seguida caí en la cuenta de quien era. Estiré la mano y le di un manotazo en el medio de su amplio pecho.

- Deja de jugar Niki, realmente me asusté- le dije al gorila y mi amigo Nicolas. Odiaba que le digan Niki, pero a mi me lo perdonaba, incluso le gustaba. Esta noche usaba pantalones negros de jean y una camisa blanca semi abotonada.

- ¡Eh Camil! – me dijo con una sonrisa brillante que se le reflejaba en los ojos. - ¿Qué haces por aquí? ¿El grandulon te permitió la entrada?- Por grandulón se refería a José y si, odiaba ese apodo.

- Sip, hoy es el gran día Niki- le mentí.- así que ¿puedo pasar? – le pregunté con una sonrisa en el rostro.

- Claro, nena. Que bien que estas por cierto- me dijo guiñándome un ojo, y acomodándome uno de mis cabellos que se había salido de la cola de caballo en la que estaba – Adelante, y guárdame una canción para mi ¿si?-

- Claro Niki, ni lo pienses – le contesté juguetona y entré.

El humo que había en el Hueco enseguida me llenó y la primera palabra que se me vino en la mente fue Hogar. Al fin un lugar en donde podía estar sin preocupación y sin ningún perjuicio.

Me acerque a la barra y le pedí al barman un vodka.

- Ehi Camil, al fin te dejo el grandote entrar al Hueco- en eso miro detenidamente al barman y me doy cuenta de que era Bill. El grande y tonto Bill.

- Bill ¿Qué haces aquí?, ¿que todos los chicos trabajan en el Hueco ahora?- le pregunté.

- Y como no. Quiero decir si el Hueco le pertenece al grandote, no le quedaba otra- me dijo y al ver mi cara de consternación se calló.

¿José era dueño del lugar? ¿Desde cuando? ¿Por qué nunca me lo dijo? Ohh había cosas que iba a tener que responder.

- Pásame el maldito vodka Bill- le dije casi con un gruñido.

- A la orden jefa- me contestó y rápidamente salio a servirme el trago.- por cierto estas bastante bien hoy, Camil. ¿José sabe que estas vestida así?- me preguntó.

Después de darle una sonrisa juguetona y de beberme de una el trago, pidiéndole otro, le contesté

- Vamos a molestarlo un rato ¿si?-

Me devolvió una sonrisa malvada, y me dijo

- Tu cuando quieras. Solo dame la señal y allí estaré – y me entregó el trago- Ah, para que lo sepas esta en las mesas de pocker.

Tome el trago en la mano y me despedí con una señal de la cabeza.

La barra estaba en el medio de una enorme pista de baile, donde las parejas se movían al son de la música y gruñían la letra de la canción.

Subiendo por una escalera se encontraban las mesas de pocker y al lado de ellas las de pool. Viendo donde José estaba, me dirigí hacia una de las mesas. Agarré un taco, agarré las bolas y colocándome para tirar, rompí.

Joe, otros de los amigos de José que era el que peor me caí por sus comentarios, me estaba mirando desde la otra punta, cerca de mi mesa. Viendo por el reflejo de un vidrio que José me había visto y se estaba asegurando de si era yo, y como carajo había llegado a su club, levanté un dedo hacia Joe y le señale que viniera a jugar conmigo.

“Muérete, grandote” pensé.

Joe estuvo al lado mío y lo recibí con un fuerte abrazo para provocar la furia de José.

- Vamos a jugar- le dije a Joe.

Los chicos (NiKi, Bill, Joe y José) formaban una banda en su escuela. Sip, todos son unos brutos jóvenes de 19 años. Era bastante conocida en los alrededores del pueblo y se hacían llamar a ellos mismos “Las ocho puntas”. Bastante ridículo para un grupo de adolescentes pero, por lo que sabía, se hacían respetar. Por otra parte sigo pensando porque se llaman las ocho puntas si son 4. Esa es otra cosa de las cuales José tendría que hablar.

Me incliné sobre la mesa esperando que José me estuviera viendo. Se escucharon una serie de gruñidos de apreciación por parte de los hombres que ocupaban la sala. Con un suave y fluido movimiento metí la bola en su lugar.

El juego pasó bastante rápido, José ya no jugaba mas al pocker, solo se sentó en la mesa y se dedicó a mirarme. Yo por mi parte decidí seguir provocándolo, coqueteando con los demás, inclinándome a la mesa, acercándome más de la cuenta a Joe, y bailando al son de la música.

Cuando terminó el partido me acerque hacia Joe para darle la mano. El la tomo, y colocó un sonoro beso en la palma de la misma. Huac! Que asco. Aunque, lo mas raro es que besó la mano del tatuaje, y cuando sus ojos se conectaron con los míos, el tatuaje comenzó a picar. Me separé de él.

Lo escudriñé con la mirada, y sin decir nada di la vuelta y me fui.

Mi mirada se dirigió instintivamente a la mesa de pocker, donde José estaba sentado. Pero al no verlo, comencé a buscarlo alrededor del club

En mi camino hacia la pista me choqué con la imagen de él sentado en una mesa. Lo peor de todo fue ver a la mujer que estaba sentado sobre el y hablándole. Estaba sentada en el mismo lugar donde José siempre me colocaba cuando estaba triste. “Véngate” dijo una vocecita en mi cabeza. El tatuaje me picaba más de la cuenta, tanto que ardía. Tomé una copa que había sobre la mesa de unas chicas y la bebí de un trago. “Eso es exactamente lo que haré”

Salté hacia la pista, el Dj colocó una canción de baile pegado, lento y sensual. “Justo lo que quería”. Parecía que el destino me estaba sonriendo esta noche.

Me dirigí a la barra y grite:

- Eh Bill, ven-

Bill, con un brillo en los ojos dejo la barra. Le gritó una orden a un joven camarero para que se encargará y se volvió hacia mí.

Antes de que llegara ya me había empezado a mover. Los gritos y vítores de los hombres se escuchaban a lo lejos. Por mi parte estaba concentrada en dar un buen espectáculo.

Ni bien Bill se acerco subí mis manos por su pecho, hasta llevarlas por arriba de mi cabeza. Moví mis caderas al son de la música sin reparar en nada más que la letra de la canción. Me sentía suave, como si flotara dentro de un mar de seducción.

Bill por su parte comenzó a moverse, agarró mis manos y las colocó alrededor de su cuello, provocando que nuestros cuerpos se pegaran.

- Vamos a hacerlo enloquecer, ¿si, Camil? – me preguntó Bill. Guiñándome un ojo, he hizo una seña por encima de mi cabeza.

De repente siento unas manos que recorren mi espalda, deslizándose desde mi cintura hacia mi cadera.

- Camil, Camil, Camil. Es hora de cobrar mi baile pequeña – susurró Niki en mi oído

La música continuaba y cada vez estaba más embriagada de la sensación de ensueño que sentía. Los cuerpos, en la pista de baile, se movían a la par de la música. Niki y Bill comenzaban a acercarse cada vez más, y más. Bill me volteó, dejando toda mi espalda pegada a su amplio pecho, mirando hacia Niki. Niki comenzó a inclinarse y justo cuando su boca estaba a centímetros de la mía… salió disparado por los aires, cayendo con un profundo sonido a crujido, sobre el suelo de la pista.

Levantó la cabeza y un suave sonido a queja salieron de sus labios, los cuales se encontraban sangrando. Bill comenzó a alejarse pero fue interrumpido en su retirada por un amplio pecho con cazadora.

- Aléjense. No se le vuelvan a acercar – José estaba furioso, y sus ojos negros parecían desprender rayos rojos en dirección a Niki y Bill.

- Cálmate grandote solo estábamos bailando- le dije, con un tono de acides en mi voz.

- No me importa- me dijo, y miró en la dirección de Bill – no se le vuelvan a acercar. Ni para hacer una broma. ¿Entendido?-

No escuché muy bien pero creo que un leve “Si Señor” salió de los labios de Bill y Nicolás.

Ambos se fueron, dejándome a merced del enorme monstruo con ojos negros. Si, claro

- ¿y a ti que te pasa? – le pregunté, empujándolo por los hombros. Y ni un centímetro se movió.

José me agarró por la cadera antes de que pudiera irme y me pegó a su cuerpo.

- Tu querías bailar- farfulló- pues bien. Bailemos

Increíblemente la música paso de rápida a lenta. Gracias destino. Esto era horrible. Yo no quería bailar con él. Yo estaba enojada con él.