domingo, 18 de septiembre de 2011

Amelia Capítulo 4

Sus labios habían sido suaves como la seda con sabor a chocolate fundido y es ése hermoso perfume de feromonas que era único de ella. Sólo que su beso había sido retenido y casi gruño de la desesperación. “Estúpida Lenia” pensé. De acuerdo, era mi novia, pero sólo estaba con ella para pasarla bien y siempre me arruinaba las mejores partes. Aunque pensándolo bien no me importaría seguir, daría un buen espectáculo.

El mero pensamiento me hizo dar una sonrisa diabólica. Pero no lo haría. Todos los chicos atrás de esa arpía me querían sacar los ojos. Ellos habían confiado en mí para conquistarla y hablarle de ellos, pero los engañé….no pretendía cumplir mi promesa.

Amelia se movió detrás de mí. Seguía apretada entre mi cuerpo, “Dios, qué bien se sentía”, y la pared. Los miraba de reojo, como calculando, “seguro que lo está haciendo”.

-Muévete- me dijo. Inmediatamente todas las células de mi cuerpo me ordenaron seguir su pedido y así lo hice. Todos la miraron embobados “estúpidos” pensé

- Córranse – Amelia imponía su presencia y poder en cada paso que daba. En sus movimientos, en su voz. Se formó una hilera y todos (incluyendo Lenia) se corrieron, permitiéndole pasar. Pasaron tres minutos hasta que desapareció de la vista de todos y el infierno se desató.

Gritos por todos lados, acusaciones, enojos. Todos a mí alrededor me miraban con furia, me gritaban. A lo lejos se oyó decir a Lenia – Es todo suyos.- y se fue cerrando la puerta.

Cinco minutos más tarde aparecí en la clase, Lenia me miraba como si viera un fantasma. El baño era ahora un cementerio, cuerpos rojos y magullados yacían en el piso, treinta con los nudillos rotos y quince noqueados. No era de esperarse otra cosa.

Cansado de estar en ese maldito purgatorio me recosté contra le asiento de mi pupitre. El día que en su comienzo había sido azul sin nubes, y con un sol brillante, se había oscurecido.

Algo está por suceder” Esa frase me daba vuelta en la cabeza, la imagen de mi última batalla apareció en mi mente.

Sangre por todos lados. Los enemigos yendo con pasos inseguros hacia una trampa. Las ramas arañaban su piel, rostro y ropas. Ya no tenían agua ni comida. Los habíamos aislado y ellos habían caído como moscas en las telarañas. Presas fáciles. Todos y cada uno de ellos comenzaron a caer. Empezaron siendo veintiocho para atacarnos, el primer día dos habían sido atacados y cinco habían desaparecido misteriosamente. El miedo había comenzado a surgir y a aparecer en sus rostros. Su aroma entremezclándose con el pavor era un fuerte afrodisíaco para todos lo depredadores de la selva. El ambiente húmedo y caluroso hacía difícil el respirar. Sus fuerzas se agotaban, sus reservas reducidas a la mitad hacía casi imposible la supervivencia. Las desapariciones del enemigo continuaron. Los guardianes ya estaban preparados para la guerra; sus músculos tensados por la anticipación, sus ojos adaptados a la oscuridad, sus bocas abiertas y sedientas de sangre. Hambre.

Habían atacado. Alaridos de miedo se entremezclaron con los gritos de guerra de nosotros, los caballeros. No había tiempo para pensar, sólo actuar. Armas y puños volaban dirigidos a la cara de los adversarios. La sangre manaba de sus cuerpos, dejándolos inertes y tirados en el piso. Los enemigos comenzaban a perecer y la energía de sus cuerpos los abandonaba mientras que nosotros íbamos ganando poder. Triunfaríamos, venceríamos a aquellos enemigos antes de lo esperado y ella nos perdonaría. Nuestra reina, la que nos había desterrado.

Pero una vez guerrero siempre guerrero, no se podía evitar. El último enemigo calló desfallecido. Habíamos triunfado, regresaríamos a nuestros hogares como reyes. Los gritos de guerra y felicidad desgarraron la tranquilidad del ambiente selvático. Pero no acabó ahí. El cielo se tornó oscuro, las nubes negras como manchas en el cielo taparon toda la luz dejando amarga oscuridad a nuestro alrededor. Se hizo un silencio. El viento soplaba y arrastraba la tierra a su paso. Se oyeron voces, pasos, todos entremezclados con los gritos de la muerte. “Se aproximan, ya están cerca”. Nos preparamos para una batalla perdida. Luego los pasos se detuvieron, a diez metros de nosotros. Fuimos aniquilados.